Tabaquismo o el fenómeno de la autodestrucción
Mata más el tabaco que las guerras. Las cifras aparecen detalladas en un revelador libro del historiador Allan M. Brandt sobre el siglo del cigarrillo.
El criminal más dañino de la historia ha sido el cigarrillo. El virus y la epidemia más letal, el cigarrillo. El tabaco mató a unos 100 millones de personas durante el siglo XX y sigue matando cada año, más que el HIV, las drogas ilegales, el alcohol, el suicidio y el homicidio juntos.
Las cifras están en un libro muy reciente, The cigarette century, del historiador Allan M. Brandt, que en seiscientas páginas es una enciclopedia alucinante de todo lo que puede saberse sobre ese objeto cotidiano y trivial que en el mundo entero sigue estando casi en todas partes, en tantas manos que gesticulan, en los labios de tantas personas que apenas reparan en él pero que sufrirían un grave contratiempo si no lo tuvieran, consumido y tirado por el suelo en cualquier acera, deseado o añorado, maldecido.
En las películas de la edad dorada de Hollywood las mujeres más hermosas sostenían cigarrillos y expulsaban despacio el humo para ser más seductoras, y los hombres para ser más viriles. En los años veinte, en el mundo convulso al que habían regresado convertidos en fumadores los veteranos de la Primera Gran Guerra, los cigarrillos eran un símbolo de la emancipación femenina, igual que las faldas y las melenas cortas y los labios pintados de rojo. Algo que en sí mismo es casi nada, que se disuelve rápidamente en humo y ceniza, podía serlo todo: la masculinidad y la feminidad, el desafío sexual, la libertad de costumbres, la ruptura con lo establecido. Gangsters y escritores posaban con un cigarrillo en los labios. Alguien que pedía fuego estaba sugiriendo, ofreciendo o solicitando algo más. No fumar, para un hombre, era no ser hombre del todo. En las revistas ilustradas y en los anuncios de televisión de los años cincuenta aparecían médicos con bata blanca aconsejando ciertas marcas de cigarrillos.
El tamaño del negocio de la ceniza y el humo ha sido y es inconcebible: casi tanto como la escala del desastre y el cinismo de las compañías tabaqueras, de los abogados que las han defendido, de los gobiernos y los parlamentos que han sido manipulados y corrompidos por ellas.
El libro de Brandt es una crónica de la codicia y el poder. Además es un estudio de los mecanismos psicológicos y neurológicos de la adicción, ese fenómeno tan misterioso en virtud del cual un organismo busca obstinadamente su propia destrucción, o de la no menos misteriosa capacidad humana para el autoengaño. El siglo de los cigarrillos ha sido también el de la publicidad, que no habría llegado a ser tan poderosa sin las montañas literales de dinero de los anuncios de tabaco, que han asociado embusteramente su consumo a todos los espejismos de la vida moderna: a la salud, a la juventud, al deporte, a la creatividad, al éxito. Viene siendo un siglo letal, pero va a ser mucho más largo: el descenso del consumo de cigarrillos entre los adultos de Europa y de los Estados Unidos se compensa con su crecimiento aterrador entre la gente joven y en los países atrasados o emergentes. Una de las pocas cosas que se pueden afirmar con seguridad del siglo XXI es que los cigarrillos matarán en él a muchas más personas de las que mataron en el XX.
Basado de un texto de Antonio Muñoz Molina, Escritor.
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